El ciclo de la vida se cumple una vez que no hacemos más parte de él. La muerte es un paso inevitable y, de todos los vertebrados, el testigo vencedor de éste es el rastro dejado por sus huesos. Desde siempre utilizado como herramienta, amuleto, adorno, juguete, oráculo o simplemente como parte de la vida, el hueso viene acompañando ininterruptamente al hombre en su jornada evolutiva.
De las Américas hasta la Polinesia pasando por Europa y Asia va resignificándose la presencia vital de este elemento que no tiene más dificultades para ser conseguido que  las de tener paciencia y tiempo para limpiarlo y darle la forma deseada. En este marco se encuadran las piezas aquí catalogadas, específicamente empapado por la concepción polinesia del tallado en hueso.
Para los habitantes originarios de las islas que conforman hoy Nueva Zelandia –Aotearoa - y que son llamados desde hace poco maoríes, la palabra hueso y nación (con todo lo que
éstas representan) es la misma: Iwi. Somos hoy gracias a los que fueron antes que nosotros, somos hoy carne gracias a nuestros huesos de ayer y estamos en esta vida para aprender y ser mañana los huesos de nuestra descendencia.
Un anzuelo colgado del pecho  además de ser una herramienta para conseguir comida, para aquellos que están en el mar es determinación y protección. El formón trenzado, más que una herramienta fundamental para la confección de otras herramientas, representa el liderazgo y la importante función del portador para con su tribu. Entre varios materiales el hueso es el que se elige por su habilidad de retener los aceites esenciales de su dueño, cargándose de su energía vital y haciendo funcionar así la fuerza de ese objeto.
Con este carácter se realiza cada pieza tallada buscando la idea de trascender en el tiempo a través de forma y contenido para dejar de ser un simple objeto y transformarse en testigo vivo dentro de este ciclo que está en constante renovación.